29 julio 2015

La prospección y los cazadores de horizontes

El futuro es inevitablemente el lugar hacia donde nos dirigimos y, de hecho, se nos presenta como un horizonte del que sabemos mucho más de lo que sospechamos. Tenemos a nuestra disposición todas las pistas necesarias para adivinar lo que pasará con la raza humana. Las películas y los libros de ciencia ficción ya nos lo dijeron. Algunos pocos líderes e iluminados ya hicieron sus cábalas y profecías respecto a nuestro porvenir. Tomaron, por nosotros, algunas decisiones.
Particularmente, para los países latinoamericanos, ese horizonte se nos presenta en forma de visión, documental de Discovery channel o, como es obvio, país desarrollado. Nuestro reto consiste en ir alcanzando poco a poco lugares que ya han sido colonizados y tal vez, en algún momento, liderar el progreso en algún campo del conocimiento.
Quiero, sin embargo, aclarar aquí que el futuro del que estamos acostumbrados a hablar es aquel en el que, como dice Lévi-Strauss, contemplamos el progreso según la cantidad de energía disponible por persona. Y, pese a lo inapropiado que es imaginar un futuro más excluyente, es imposible para el pensamiento occidental ver lo civilizado desde otro ángulo. Y no crean que estoy adoptando una perspectiva nostálgica respecto al futuro, estén seguros: quien piensa en su destino no deja de hacerse preguntas por su pasado. Es, de alguna manera, el impuesto que debemos pagar quienes nos atrevemos a medir el porvenir. Y es que en nuestro cerebro percibimos el futuro a través de nuestras experiencias inmediatas. Toda memoria sirve para orquestar la imagen que nos hacemos del futuro.
Incluso, emparejar la memoria con la promesa es algo que no es ajeno a la filosofía. Paul Ricoeur plantea, por ejemplo, que mientras la primera dando vuelta al pasado es retrospectiva; la segunda, mirando al futuro es prospectiva. Ambas son a la vez opuestas y complementarias; el equilibrio de sus fuerzas proporciona amplitud a lo que es el ser humano.
Opino que el discurso sobre el mañana debe abrirse también a otro tipo de cuestiones porque incluso esos países que llamamos desarrollados han sentido la necesidad de emprender el cultivo de otro tipo de intereses, entre ellos el de las más refinadas y diversas prácticas espirituales y sociales de las que la historia del hombre ha sido testigo. De hecho, ya había advertido Lévi-Strauss, no puede entenderse el concepto de civilización sin la pluralidad cultural. El progreso tiene matices que deben ser explorados a través de otras perspectivas.
Hay un horizonte que se extiende mucho más allá de lo obvio…
El desarrollo tiene acepciones en las que caben los sistemas filosóficos-religiosos, las condiciones psicológicas que nos permitan enfrentar un desequilibrio demográfico o la devastación ambiental e incluso la capacidad de unir teoría y práctica en un solo dogma.
En un mundo cada vez más conectado hemos sido testigos de que las personas que se encuentran en el desarrollo de punta tienen la capacidad de asimilar y seguir las más disímiles prácticas. No hace muchos años, mientras Steve Jobs comía con los Hare Krishnas el Dalai Lama le indicaba a los Neurobiólogos dónde buscar la felicidad. Una verdadera fusión de horizontes diría Gadamer.
Caso aparte sería decir que cada persona con espíritu curioso y capacidad creativa ha buscado primero ponerse a la par de los desarrollos científicos de su época. Llegar a un lugar en el que el horizonte presenta nuevos desafíos. Retos y dificultades que les permitan trabajar en igualdad de condiciones con países aventajados.
El trabajo conjunto, el intercambio cultural, y la capacidad de aventura de grupos de investigación comprometidos ofrecen la posibilidad de conocer, de primera mano, lo que se está haciendo en el país para encontrarse con el futuro.
Realidad virtual, realidad aumentada, máquinas de impresión 3D, ciudades ambientales e inteligentes, vehículos impulsados con energía limpia, la manera de hacer negocios y sus retos. Y, cómo ya lo saben, incluso el cultivo del espíritu estará sometido a los caprichos del tiempo.
Pero sólo tenemos el presente. El presente es el lugar desde donde volteamos a ver las viejas cimas y perfilamos la vista hacía nuevos horizontes. Como seres humanos somos conscientes de que nuestra vida se encuentra en la corriente de un tiempo que parece infinito en los bordes y en la que, como dice el poeta Juan Felipe Robledo, un oso parco nos pesca como a salmones torpes. 

Carlos Andrés Salazar Martínez

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