13 junio 2012

De las prepagos y otras tarjetas


Es primera vez que lo hace, lo percibo en cada uno de sus movimientos. Lo sentí, incluso, en su voz cuando llamó. Pero no sospeché nada, por lo general casi todos llaman nerviosos, llaman mientras aún no han salido de casa, estando en compañía de sus esposas, de sus novias o con sus hijos.
Mi celular sonó mientras aún estaba con un cliente, por lo que yo también debí sentirme nerviosa. No pude coquetearle como acostumbro hacer con quien me llama.
-         ¿Eres tú la rubia de las fotos? – Preguntó
Yo pude haberle dicho que sí, que si se lo proponía todo eso sería suyo, que no se le ocurriera dejarme excitada. Pero no, alcance sólo a decirle.
-          Te llamo luego
Cada llamada es una oportunidad y no puedo dejar pasar las oportunidades.
-         No. Yo te llamo luego – Respondió con su temblorosa voz y colgó.
Nunca creí que este llegaría a ser mi trabajo. La verdad es que fui estudiante de escapulario y uniforme hasta la rodilla. Ahora, soy mujer de tarjetas y puedo ser toda una lolita. Aunque dentro de las posibilidades: enfermera, caperucita, policía y hasta, por alguna extraña razón, comunista.
Es en este momento que repaso mi vida, con el tipo nervioso que me abrió la puerta, que me doy cuenta que ni a mis veinte lo pensaba. Sí, era obvio que la pasaba muy bien con los dos novios que tuve antes de empezar con este trabajo, pero nunca lo pensé. Las mejores cosas ocurren cuando ni te las esperas y de eso, en mi trabajo, abundan los ejemplos.
-          Espero que no te molesten las preguntas –Y me hizo pasar hasta su cama.
-          Pues ya me pagaste. Si lo que quieres es conversar… Adelante
Ya había visto mi escote, y de mi escote había ido a mi estrecha cintura, y de ahí a mis piernas. Y si el muy desgraciado quiere hablar, estoy segura de que se arrepiente. Un caso típico, otro escritor en busca de historias. La habitación está llena de papeles, algunos libros y un portátil. No había tomado nada de la canasta de snacks.
-          ¿Qué fue lo que pasó cuando comenzaste? – Me preguntó mientras humedecía su boca.
-          La verdad es que como casi todas… Una amiga.
-          ¿Y?
-         Hubo una época en la universidad en la que no podía hacer todo lo que quería y no podía tener todo lo que me merecía. Mi segundo novio era un recuerdo y los hombres no paraban de invitarme a salir. La belleza clara de ese tiempo se convirtió en esta hermosura fatal de ahora.
-         ¿Y cómo fue esa primera vez? – Con cada una de las preguntas yo veía que su respiración se agitaba, justo como cuando mis clientes comienzan a desnudarme.
-          No hablemos de eso.
-         Recuerda que te pagué –  Sí, justo como cualquier cliente.
-      Fue muy difícil – Dije mientras me quitaba las botas. Si esto va para largo es mejor estar cómoda, y continué.
-          Una de mis amigas, de esas que crees que no pero sí, me pidió un día  que la acompañara, que iba a salir con unos amigos y la acompañé.
-         ¿Se portaron como caballeros? – Preguntó él con cierta ironía.
-          Pues sí, la verdad es que casi todos lo son.
Desde la ventana del apartamento que había alquilado, podía ver los ventanales en los pisos altos de los edificios de la zona más exclusiva de la ciudad y aunque no era la primera vez que estaba en este hotel, hoy, ya habían pasado 20 minutos y aún no estaba desnuda. Este sabelotodo no se va a aguantar.
De la cartera saqué el labial, sin pudor me lo apliqué en los labios. Primero el labio inferior luego el superior y para distribuir el color uniformemente el acostumbrado beso a la nada, no sólo una vez, tres, cuatro y con este tipo hasta cinco. Me solté el cabello, acomode las almohadas para recostarme y que pregunte lo que quiera.
-          ¿Quieres tomar algo? – Dijo mientras acomodaba la silla del escritorio frente a la cama.
-         No.
-          ¿Y fue difícil la primera vez?
-        La verdad es que no. Ese día, a ese papacito, se lo hubiera dado gratis. Siempre es una incertidumbre no saber quién llama. Como puede ser alguien como tú, puede ser cualquier cosa. Ese es el trabajo. – Y qué no se aguanta
-          ¿Y si el tipo es desagradable…?
-         No, la verdad, es que aquellos a quienes tú tildas de desagradables son, por lo general, los más amables. Compensan por mucho cualquier defecto.
La tarjeta que permitía abrir la puerta de la habitación descansaba sobre la mesa de noche, al lado de la cama. En ella la acostumbrada lámpara, el radio-reloj y dos desgastados libros, sobre sus lomos los títulos: “De las prepago y otras tarjetas” y “La proxeneta de la mafia”, un libro del que sé algo por una amiga señalada. Él me interrumpió antes de que los tomara.
-          ¿Cuánto tiempo hace de eso?
-          ¿De qué?
-          De tu primera vez.
-         Dos años.
-          Y, ahora, ¿Qué piensas?
Otra pregunta con la que no se va a reprimir. Y ya me cansó. Me niego a perder el peeling y la depilada.          
-     Mira, sé que estas buscando mi arrepentimiento, que me sienta culpable. Pero olvídalo. No, en ningún momento. Esto es lo que hago y cada vez que lo hago lo disfruto. – Veo como el fuego crece en sus ojos y continuó – Al igual que una persona puede perder su tiempo frente al computador, yo me entrego a un hombre respetuoso sin pudor. ¿Intentarás redimirte expiándome de culpas?
-          La verdad es que estoy buscando una historia – Dijo y por primera vez me miró a los ojos.
-          Qué clase de historia. ¿Eres periodista? Recuerda que puedo ser tan discreta como tú lo seas.
-          Es una fuerte amenaza.
-          Si, es buena, suelo utilizarla. Tú y yo seremos los únicos que sabremos qué fue lo que paso aquí. Y por más casto que seas puedo decir que te portaste como ninguno.
-          Sin embargo, no soy periodista, soy escritor. – Si, efectivamente, otro escritor.
-          De ustedes… pocos.
-     Pero si te gusta lo que haces, no podré escribir nada sobre ti. La literatura está plagada de personas insatisfechas y desafortunadas.
-         Pues si quieres me invento alguna historia. Pero la verdad es esa. El carro en el que vine, las tetas que no has querido ver y el culo en el que me siento, los pague trabajando en esto – Lo dije con rabia, porque la verdad estoy perdiendo mi valioso tiempo – Incluso hasta aprendí a hablar inglés. Y para que te lo niego, todos los clientes son justo como tú, unos caballeros
-          ¿Y no deseas más?
-       La verdad es que no, ya tengo suficiente. Acaso no me vez, sólo necesito un apartamento nuevo. Por el momento, trabajo para la rumba que sigue, para mantener el estatus y por un mejor carro.
Empezaba a hacer calor y si prende el aire acondicionado voy a ser yo la que no me aguante, por alguna razón el frio me excita.
-           ¿Y un novio?
-         Para qué uno. Si ya lo intenté con todos – Y prendí el aire – No creo que haya novia más complaciente que yo. Todas las fantasías son posibles conmigo, todas… Es como todo, los hombres quieren tener a la modelo pero muchos de ellos no soportarían ni las fotos ni el trabajo que hay de por medio. ¿Cómo es que dicen? Quieren la leche sin ordeñar la vaca.
-          O el jugo sin exprimir los limones
-          Como sea…
-          ¿Y cuál es tu verdadero nombre?
-          Eso en realidad no importa. ¿Qué quita o que pone, que el verdadero nombre de Pablo Neruda fuera Neftalí o que Marilyn Monroe se llamara Norma? – Y como respuesta a la pregunta sólo obtuve su cara de sorpresa. Así que continué.
-          Qué ¿Sorprendido? El problema de todos ustedes, los escritores jóvenes, es que están llenos de prejuicios y creen saberlo todo.
-          ¿Y que sabes tú de escritores? – Dijo para evitar seguir apenado.
-          Pues, por lo menos conozco muchos más que tú. Y de eso no cabe duda.
Sintiendo tal vez que no tenía oportunidad, luego de un incomodo silencio, cambió de tema preguntando.
-          ¿Y el retiro?
-          ¡Estás loco!
-          ¿Qué tiene de raro? Quienes trabajan piensan en su retiro.
-          Pues yo todavía no pienso en eso. Quienes piensan en su retiro son aquellos de los que hablamos. Aquellos que se entregan a la monotonía. Si es algo que te apasiona que necesidad tienes de pensar en el retiro. ¿Tú piensas en el tuyo? – Y en su rostro se dibujo la sorpresa.
-           No. Yo no tengo en mente el mío.
-          Entonces disfrútalo…
 –Ya va a caer la noche. Y me pregunto si de verdad este tipo me llamó para conversar.
-          Oye... Al igual que ellos, me pagaste para que te cumpliera un deseo. ¿Acaso no lo estoy haciendo? – La pausa fue sólo lo justo – Y es que eso es lo que hago: cumplo deseos.
Y sus ojos se incendiaron. Disimuló levantándose. Tomó la carta del hotel y desde lejos la arrojó hacia mí. Sí, justo como todos los clientes. Como quien dice, indiferente, “pida lo que quiera, no me importa.”
El frio ya comenzaba a endurecer mis tetas mientras veía la carta. Hace más de tres días en los que sólo desayuno y hoy no me vendría mal probar algo.
-          Quiero una hamburguesa, papitas y un jugo de fresa. – Y que esto se termine o él se decida.
Se levantó, ordenó para él, ordenó para mí. Y pude ver que ya no estaba nervioso. Firme, su mano, colgaba el teléfono. Se quitó la correa para ponerse cómodo, estaba descalzo desde que entré. Yo recordé que el frio ya me tenía excitada y sin esconder las intenciones:
-          No puedes escribir sobre algo que no conoces.
Decidido, miró mi escote, mis pies descalzos y sí, justo como cualquier cliente.
-          ¿Y para qué crees que estás aquí?