15 enero 2013

Filosas angustias



-           Está encendida. Sé que aún están grabando… ¿Me escuchan?... Este reality de mierda se acabó.
El rostro está demasiado cerca de la cámara. Apenas si podemos saber quién es, sospechamos su identidad por la barba. Una barba en la que la sangre, ya seca, es evidencia de lo ocurrido. Va un poco hacia atrás. Todos los de la producción, nos movemos incómodos en nuestros puestos mientras vemos la misma imagen.
Es la mañana de no cualquier domingo. La cámara móvil número quince transmite en vivo, sólo para nuestros ojos. Aun no sabemos realmente qué pasó. Esperamos, sin embargo, que el hombre que habla nos dé una explicación.
-        – Sólo falta matar al atleta y al vagabundo. El atleta porqué ha sido difícil de alcanzar y el vagabundo porque no provoca saludarlo si quiera.
Los comandos remotos de la cámara también fueron deshabilitados, es por eso que no hemos podido alejarnos aún de su rostro. En la pantalla, sólo la mejilla que se mueve mientras habla y el rastro molesto de sangre entre su barba.
Casi todos los de la producción estamos en el malecón que se encuentra a 40 minutos en lancha de la isla y en el que acostumbramos pasar la noche. Si digo ‘casi todos’ es porque en la isla se quedaron un camarógrafo, un sonidista y la presentadora para hacer algunas entrevistas durante la noche.
Al comienzo eran dieciséis participantes. De ellos, hasta la mañana de hoy, quedaban la mitad: el obrero, la profesional, el hombre de negocios, el religioso, el atleta, el artista, la modelo y un vagabundo.
Con el vagabundo pretendíamos darle un giro al programa. No fue premeditado, apareció mientras hacíamos el casting. Ponerlo en el programa fue más difícil de lo que podría parecer. Una persona de ese tipo no existe y firmar cualquier contrato está lejos para él de cualquier consideración Kafkiana. Lo pusimos en el programa muy a pesar de lo ilícito y las protestas de los demás participantes.
Fui el primero en llegar a revisar lo que había sido grabado el día anterior. Vi que la mayor parte de las cámaras fijas, utilizadas para algunas tomas específicas, y que a su vez cumplen la función de circuito cerrado de seguridad, se hallaban inactivas. Llamé al resto de la producción para alertarlos del incidente y utilice la radio para comunicarme con quienes se habían quedado en la isla. Alguien más me contestó y cambiando la voz afirmó que ya todos estaban muertos.
No recuerdo bien a qué hora llegó el director, sólo sé que fue antes de que el primer grupo saliera hacia la isla. Todos estábamos estupefactos frente a las pantallas que registraban la misma toma. El silencio sepulcral se rompió al escucharlo decir, que luego de hablar por teléfono con los directivos, no sería enviado ningún grupo de la producción y mucho menos admitiría que alguien llamará a la policía.
Todos somos cómplices ahora. Somos algo más de veinte los que vemos el pedazo de rostro aún sin nombre y escuchamos la voz retorcida de quien se ríe con esmero.
-           ¡Superen esto Survivor!
Siempre me he sentido culpable de hecho. Soy el editor.
Hoy, a la misma hora en que se transmite el programa hay fútbol, la final. Es decir, no habrá reality y es por eso que nos dimos la licencia de tomarnos algo en la noche de ayer. Así que la muerte de un atleta y las esperanzas de vida de un vagabundo nos separan del último capítulo.
De las cámaras inhabilitadas quedaron algunas tomas grabadas. Gritos, murmullos, rastros de sangre que brillan con intensidad por los reflectores, y en una de ellas la modelo que cae sobre la cámara número cinco y luego otra explosión de sangre.
Sin embargo, ninguna toma concreta que nos permita identificar al asesino. Lo que sí es obvio es que fue él quien las desconectó.
Aunque… sí, hay una toma, fue grabada por la cámara número dos.
Una toma por la que creemos saber quién es. Grabada está la muerte de la presentadora. En la escena se le ve llegar a rastras a la cámara y al intentar pedir ayuda la sangre brota de su boca, luego su rostro golpea la tierra. Queda en la cámara, de cerca, su cuello y en él un corte que no alcanza a ser lo suficientemente profundo.
Esos cortes, no tan profundos, son nuestra única pista, los vimos la mañana anterior. Luego de intentarlo en varias ocasiones, el hombre de negocios logró dar filo, por fin, a sus tarjetas. Esa mañana con una de ellas había desescamado y abierto con una facilidad absurda todos los pescados. Se había cortado incluso un dedo mientras lo hacía. Esa era una de las entrevistas que pretendíamos hiciera la presentadora: no nos preocupaba que las tarjetas tuvieran filo, nos interesaba saber cómo lo había logrado.
Todos los participantes habían superado con buenos resultados los exámenes sicológicos y físicos. Estaban lo suficientemente equilibrados para sortear los traumas que les deparaba su estadía en la isla. En todo lugar se dejan las pistas que permiten sacar conclusiones y ni nuestros sicólogos, ni nosotros habíamos sabido interpretarlos luego de tres semanas de convivencia. Nosotros, los de la producción, también tenemos nuestros padecimientos: en la isla un asesino y no sabemos quién. Sospechamos de uno, sí, pero… y pensar que nos reímos cuando dijo que sólo llevaría su billetera y unas tarjetas.
Muchos no han podido salir de la consternación y el director anuncia que todo va a ser un éxito. Para los problemas morales no hay mejor olvido que un negocio redituable. Así que va a ser inevitable que esto continué y no quisiera editar lo que falta.
A decir verdad, qué sabemos: nada. Pueden faltar muchos más por ser asesinados, puede que no falte ninguno. Puede que entre el atleta o el vagabundo esté el asesino. Puede no ser tan deliberado estar tan cerca de la cámara.
***
Ya no hay nadie frente a la cámara número quince. Sólo otro rastro de sangre que parece brotar del tronco de una palmera, que frente a la cámara capta toda nuestra atención. Se desliza por el tronco en una delgada línea que no alcanza a tocar tierra.
No es nada nuevo ver cómo mueren personas frente a nosotros. ¿De cuántos asesinatos no hemos sido testigos? Nada más cruel y despiadado que las ejecuciones que llegan por correo.
Desde el canal, los directivos autorizan al director hacer un trato con el de la isla. La misma voz sin nombre responde al llamado por radio. El director le explica que aún no hemos llamado a la policía, que la condición es que él habilite las cámaras para seguir grabando. Editar y transmitir.
-         Sabía que no me cortarían. – respondió sonriendo – ¡Estamos haciendo el programa que el mundo quiere ver director!… Pero yo también tengo una condición: no debe verse mi rostro.
Y las cámaras fueron activadas.
***
Van dos días de éxito absoluto, una cadena norteamericana adquirió todos los derechos, las autoridades desconocen la ubicación de la isla. Estamos a un día de que lleguen por todos nosotros. Pero debo reconocerlo, ya todo está siendo negociado. No he permitido que se vea ningún rostro. Ya tengo editada la última escena del capítulo final. En ella, un cuadro perfecto: mientras, atrás, recostado en un árbol de teca, respira tranquilo el vagabundo; en primer plano, al tiempo que el sonidista evita que escape el atleta, el camarógrafo desliza la tarjeta por su cuello aún suplicante.

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