01 marzo 2012

Air



Caro aparece conectado.

JD dice:
¡Ey!... Hace Tiempo
Caro dice:
Si. Muy ocupada
JD dice:
No sé si sea buen momento
Caro dice:
No te preocupes
JD dice:
Me llego un correo diciendo que estoy entre tus contactos no deseados.
Caro dice:
Pero ya ves… No vayas a empezar.
JD dice:
¿Empezar con que?
Caro dice:
Precisamente con eso.
JD dice:
Te molesta que pregunte... Si te fuiste sin avisar.
Caro dice:
Hace meses que no éramos nada.
JD dice:
Pero pudimos habernos despedido de manera memorable.
Caro dice:
Eso ya no importa. Como tampoco importa de quien fue la culpa.
JD dice:
Parece que si importa… En fin... ¿Cuánto falta para que regreses?
Caro dice:
No sé. Mi entrenador dice que aún faltan tres o cuatro meses. Pero también estoy pendiente de una beca.
JD dice:
Excelente. Me darás tiempo para conseguir la visa.
Caro dice:
Ni se te ocurra. De todas formas no hay nada seguro, debo bajar mis tiempos unas milésimas.
JD dice:
¿Qué horas son allá?
Caro dice:
Que te importa... Dos menos que allá
JD dice:
Oye, si no quieres hablar sólo dímelo. De todas formas, quería agradecerte lo que me enviaste con Kata.
Caro dice:
¿Si te gusto?
JD dice:
Si, gracias. La gorra de los Steelers y el card de Scottie Pippen. Gracias
Caro dice:
Entre a una tienda y me acorde de ti.
JD dice:
Yo recordé las tardes de domingo en mi sofá.
Caro dice:
Yo recordé tu discurso sobre los Bulls de los noventa.
JD dice:
Tardes que comenzaban con tus pies descalzos. Y el baño luego de la piscina.
Caro dice:
Siempre dijiste que Pippen y Jordan eran la pareja perfecta.
JD dice:
Todavía tengo tu blusa negra de la liga.
Caro dice:
¿Qué hubiera sido del uno sin el otro?
JD dice:
Seguramente Michael Jordan hubiera enseñado a otro la manera correcta de estar en armonía con él.
Caro dice:
Si. Pero tal vez Pippen estaba destinado a ser quien, sin indicárselo, ya lo estaba.
JD dice:
Eran buenos estando solos
Caro dice:
Pero no tanto como cuando estaban juntos. Cada asistencia, cada alley oop, presintiéndose como los Jedis
JD dice:
Eres la única mujer que sabe que es un Jedi…
JD dice:
Si, era una sincronización total. ¿Si se escribe así?
Caro dice:
Me parece que si… Pero ¿Qué te preocupa? Nadie se fija en eso.
JD dice:
No. Como a todo el mundo lo tienen chuzado. Que pena con los de la policía.
Caro dice:
Que bobo.
JD dice:
Kata me dijo que estas super linda.
Caro dice:
No creas todo lo que dicen. Siempre dijiste que las deportistas somos unas feas.
JD dice:
Menos tu y Ana
Caro dice:
¿Ana?
JD dice:
Una tenista…
Caro dice:
Una tenista y una nadadora. Nada mal para tu antipatía
JD dice:
Pero nada como verte medir los vestidos de baño nuevos o ayudarte a quitar el Fastskin de Speedo.
Caro dice:
No empieces, recuerda que te están espiando.
JD dice:
Nos están espiando señorita. Nos están espiando.
Caro dice:
Nunca dejaste que me los terminará de probar.
JD dice:
Y como dejarte.
Caro dice:
Si me vieras ahora, me dejarías.
JD dice:
Apuesto que no.
Caro dice:
Mis senos ya no son los mismos.
JD dice:
Me imagino.
Caro dice:
Es el precio por ser mejor.
JD dice:
Aun así no te dejaría terminar de ponértelos.
Caro dice:
Y yo no sería capaz de terminar.
JD dice:
Tu piel.
Caro dice:
¿Mi piel?
JD dice:
Es lo único que mis besos extrañan.
Caro dice:
¿Por qué nunca me dijiste eso?
JD dice:
Soy un tonto
Caro dice:
Si que lo eres. Me tengo que ir.
JD dice:
Dame 2 minutos más
Caro dice:
Escribe un correo.
JD dice:
Es diferente saber que lo que te escribo lo lees al tiempo. No sé como hacían antes ¿Sabes cuanto tardaría en llegarte una carta?
Caro dice:
Dime
JD dice:
Días !Días! ¿Te imaginas? Sería una agonía tan intensa como esperar otra Cortina de Acero. Peor aún otros letales Bulls
Caro dice:
¿Cómo es lo que dices?
JD dice:
No, ya te tienes que ir.
Caro dice:
Vamos, te doy tiempo.
JD dice:
Olvídalo
Caro dice:
¿Cómo es? Lo del tipo que entraba en el último instante a salvar los partidos y lo del negro que aún más bajo que todos recogía todos los rebotes sin dueño.
JD dice:
Olvídalo
Caro dice:
Y que haría Pippen sin Jordan
JD dice:
Y que sería de Air sin Scottie
Caro dice:
Pues aun lo esta esperando. Aquí tengo su tarjeta.

Caro aparece desconectado. Es posible que no conteste.

Carlos Andrés Salazar Martínez

07 febrero 2012

Homo Perfectus


Soy el último de los Homo Sapiens, por lo menos el último que fue concebido a la vieja usanza. Es mucho el tiempo que ha pasado desde que los nacimientos naturales fueron prohibidos. El medio ambiente en general, los alimentos y las presiones propias de la cotidianidad provocaron que los vientres de las mujeres fueran tan estériles como los extensos desiertos que ahora pueblan la tierra. Los hombres tampoco fueron ajenos a ese mal y en la actualidad su virilidad no es más que un rumor. Son muy pocas las mujeres que cuentan haber conocido la rectitud en un hombre.
Cuando todos pensaban que la población mundial seguiría creciendo a un ritmo exponencial, se equivocaron, al igual que se equivocaron en la predicción de las crisis económicas globales. Los mercados se volvieron tan volátiles que prácticamente cada año fuimos victimas de alguna de ellas. Llegamos a ser menos de la mitad. Las guerras, las tragedias naturales, la inconsciente búsqueda del desarrollo, paradójicamente, provocaron un equilibrio. Sin embargo, el daño ya era irreparable y el equilibrio fue por lo bajo.
En un mundo en el que somos la mitad, el desperdicio está a la orden del día. Aunque ha sido posible reciclar mucha de la basura que nos asfixia, el reto sigue siendo grande y excede por mucho cualquier pretensión. Si somos la mitad, podrán imaginárselo. Qué sentido tiene seguir construyendo por ejemplo. Y fue a raíz de esa sobreoferta y la falta de interés que la economía ya no tuvo importancia.
El dinero dejó de serlo todo y la valoración que siempre habíamos dado a las cosas pasó a ser una mentira molesta. Las poderosas corporaciones, para las que ya no había clientes, intentaron infructuosamente bajar el valor de sus productos teniendo, como último recurso, solicitar a los gobiernos cambiar la moneda para que la economía se estabilizara. Las personas dejaron de acudir a los bancos y alejados de todo lo que significara un intercambio directo con el Estado o las multinacionales, decidieron hacer negocios entre ellas, para no tener que volver a sufrir por alguno de esos imprevistos en el que las excusas ya no bastan.
Algunos comenzaron a redescubrir el gusto por las cosas, pues todo estaba al alcance de sus manos y no teniendo una escala de valor donde sopesar la importancia de gran parte de ellas, debieron entregarse al estudio crítico y minucioso sobre cuál era la que ofrecía los mayores beneficios. Otros perdieron el placer por los objetos y aquello que consideraban lo más mundano y bajo pasó a ser lo más excelso y prolijo.
El dinero fue quemado en un acto de exterminio, odiando la verdad, pues las cosas al haber perdido su valor hicieron que no pudiéramos vivir con la certeza de ser lo más valioso, y con la convicción de que todas ellas giraban en torno nuestro. El dinero, comprendimos, era en última instancia lo que nos alejaba de ser libres y amos de nuestro universo. Pero eso es algo que, incluso ahora, no hemos alcanzado.
Es cierto que la ciencia estuvo ahí para salvaguardar el bienestar. Los beneficios de sus inventos y descubrimientos sólo merecieron el reconocimiento mientras nos hallábamos inmersos en las crisis. En manos de los bien gobernados Homo Perfectus nadie temía que la ciencia pudiera convertirse en un arma de doble filo.
Sorprendente, sin lugar a dudas, fue la tregua general. Aquella que acordaron los países enemigos, invirtiendo gran parte del presupuesto que gastaban en su defensa para apoyar aquellas iniciativas en busca de las posibles soluciones a los problemas globales. La última de las guerras, la guerra por los recursos naturales, fue sólo un desgaste, como casi todas las guerras, pues los recursos consumidos en un solo día de guerra, según los estudios, podrían habernos servido para darnos esperanzas por lo menos una semana más.
Es desde la tregua que disfrutamos de un nuevo régimen global. Por sobre los líderes de cada región hay un grupo de hombres sabios en quienes recae el destino de la humanidad. Hombres que desde pequeños fueron preparados para desempeñar su cargo y que, al igual que yo, conocen las incertidumbres pero son incapaces de convivir con su existencia. Las perfeccionadas Leyes de la Estocástica han permitido la predicción de casi todos los fenómenos tanto sociales como naturales.
La vida dejó de ser un raudal de incertidumbres desde entonces. Es difícil de controlar una masa informe y es por eso que para manipularnos, y hacer de nosotros una constante en sus ecuaciones, al principio fue la religión, luego los medios de comunicación, las drogas y hace unas décadas las modificaciones genéticas.
Yo soy el único que ahora disfruta de los placeres que da el saberse vulnerable. Los Homo Perfectus han dejado a un lado los beneficios de una existencia en la que es necesario disfrutar de un buen descanso luego de una larga jornada y extrañan con vehemencia el descuido casual y el reconfortante olvido.
No conocen ningún vicio: el tabaco, el alcohol, el sexo liberador y la carne, no son más que un murmullo. En los últimos días se han acercado a mí buscando consejo. Mis respuestas representan para ellos una grata e inesperada conquista.
Soy el único con quien deben utilizar su lengua. Estamos a tres, tal vez dos generaciones de que desaparezca. Por la fecha en la que mi madre y mi padre tomaron el riesgo de tenerme, so pena de ir contra los designios que impuso la Ley de los Homo Perfectus, los científicos comenzaron a implantar sus nanosimcards en los cerebros de los recién nacidos. Y dieron paso, así, a la adaptación de toda una generación a la telepatía. Aunque ya era posible la implantación de teléfonos móviles minúsculos, nada era tan sofisticado como esto. Ya nadie se siente solo. La soledad sólo se encuentra en los textos.
Las pocas mujeres con vientres fecundos son utilizadas para engendrar niños en un ambiente completamente controlado. En cada región una institución se encarga del proceso y de la posterior adaptación del niño a la sociedad y al puesto que le fue destinado ocupar.
En sus ecuaciones, abundantes en constantes, yo soy una variable molesta. A pesar de mis evidentes desventajas, logré abrirme paso entre ellos. Sin privilegios de ninguna clase estoy aquí, escalando la pirámide.
Muy pocos conocían la verdad, había logrado persuadirlos sobre mi perfección. El tiempo les reveló mi naturaleza, para ellos, mis treinta son sus cincuenta. El promedio de vida de un Homo Perfectus está en 140 años. 140 años en los que no hacen nada diferente durante 100.
Antes de que todo fuera revelado por los medios, mi mamá murió. Es a ella a quien le debo el placer de la falta de certezas. Fue ella la última en dar testimonio de su fe ante los incrédulos Perfectus, sostuvo como lo hace Melville en su Moby Dick  que la fe, como un chacal se alimenta entre las tumbas, e incluso de esas dudas mortales extrae su esperanza más vital. Y consciente de su condición les dijo a los medios “¡Mírenme!”... Fue deteriorándose lentamente, una de esas enfermedades que ya no existen le regalo la muerte.
Debo decir, además, que no he conocido mujer. Ninguna de las que ahora habitan el mundo podría comprender lo que yo entiendo por amor. Aparte de estarme prohibido, no he podido dominar el sencillo cortejo que utilizan los hombres para entablar una relación con ellas. Porque así como Dios se manifiesta en lo frágil que es el universo, yo siento miedo.
Gracias a mis respuestas no programadas, han comprendido que soy el único al que le es posible crear. Ellos no son más que unos imitadores, fabrican sistemáticamente réplicas, repiten sin parar las exitosas canciones del pasado, pero no componen, ni se embriagan de posibilidades. La literatura, para todos, no es más que un imposible. Sus cerebros son tan áridos como sus vientres.
He colaborado con toda suerte de desarrollos sobre los posibles artistas del mañana. Sin embargo, son estudios que estoy seguro no tendrán importancia dentro de algunos años. Lo digo con la misma certeza con la que puedo afirmar que Dios es sólo posible en los puntos intermedios.
Cansados de que causara conmoción en los Homo Perfectus los sabios hombres del senado, decidieron recluirme en sus instalaciones. En el presente soy un consejero ocasional y a quien envían a ejecutar cuanta misión incierta y de vital importancia aparece.
Es ahora que dispuesto a enfrentar el más difícil de todos los retos, he decidido escribir mis memorias con la esperanza de que en un futuro, cuando los Homo Perfectus se cansen de sus infértiles vidas, sepan cuáles fueron las esperanzas del último de los Homo Sapiens. 

Carlos Andrés Salazar Martínez

04 enero 2012

Memorias de un hincha



Habiendo dejado atrás la época en que la violencia exigía quién perdía y quién ganaba, fue nuestro dinero, el de los hinchas que por años sufrimos los altibajos, el que puso las condiciones. Y habló para demostrar a directivos, técnicos y jugadores quiénes somos, en realidad, los dueños del torneo. En ese entonces, cuando la guerra entre los carteles no daba tregua, cuando salir de nuestras casas o ser vecino de un policía era suficiente para encontrar la muerte, en ese entonces, gozamos de nuestro mejor futbol. Al estadio, por igual, llegábamos hinchas, políticos y capos. Y el equipo rendía y los árbitros colaboraban ¿Qué sería de un partido si los árbitros no colaborarán? Y fuimos al mundial, y ganamos La Libertadores. Y uno que otro morocho se fue a conquistar Europa. Ese, fue el verdadero El Dorado.
Pero todo terminó. La época en la que con treinta mil pesos le agradecían a uno cualquier mandado. Aquel entonces en el que era sino proponérselo para ser rico y así no más. Todo eso se acabó.
Al igual que con los fiscales la compra de árbitros fue indiscriminada. Y ¡ay! del que sacara una roja en contra o del que condenara a extradición a algún amigo. Todos ya estaban advertidos. Y no sólo había platica para los árbitros, también veíamos cómo un incentivo adicional lograba que, aunque trastabillando por el cansancio, incluso los cracks dieran su vida por salir victoriosos del estadio. En cada partido, como los mejores gladiadores romanos, nuestros jugadores se entregaban. Nosotros éramos testigos de su valentía, de la gallardía y no sólo por la bonificación ni por los puntos; adicional estaba el temor a que en un autogol o desafortunada jugada pudieran perder la vida. Luchaban enfurecidos por esos tres puntos que en la tabla representan la gloria, para los apostadores la ruina, para los hinchas la euforia y para la mafia; para la mafia el regocijo por dar un espectáculo memorable a sus respetables consumidores. Y es que eso es lo que se les ha olvidado, qué somos el respetable.
En medio de esa aparente felicidad, obstinados, extasiados por los resultados, defendíamos nuestros colores, anunciábamos a los medios que el juez de línea tenía razón al anular el legítimo gol que hubiera significado nuestra derrota o nos mostrábamos satisfechos ante la ocasional complicidad de algún portero vendido. En contadas ocasiones acertábamos en decir que sí, que esa falta descalificadora existió pero que al central no lo dejó ver la lluvia. Que ellos, los de negro, también son humanos y como errar es humano... Inconscientes conocíamos las excusas que nos permitirían seguir rumbo a la cima.
Y los medios satisfechos al escuchar los pretextos también escondían su favoritismo. Sí, porque con ellos lo mismo y es que en ese entonces, ¿Quién no fue un vendido? Gritábamos a rabiar cuando las condiciones no nos favorecían, cuando la mafia del valle realizaba primero su oferta, instantes de suprema impotencia en los que el sudor corría por nuestra frente al tiempo en que los coros entonábamos. Nuestras gargantas se desgastaban mientras los ataques se insinuaban, se corría al ritmo impuesto por el balón; y allá, en la cancha, el Profesor, entregado como sus hombres a la defensa de un ideal, emitía órdenes golpeando la grama, cambiaba el orden táctico en beneficio del ataque, motivaba al volante de contención a salir adelante y subía la línea defensiva para ganar algunos metros.
Los de la tribuna esperábamos el gol. Rasgábamos las camisetas sufriendo al no tener la pelota. La lucha era apoteósica y con nuestros cánticos anunciábamos quiénes éramos los de la casa. Luchábamos contra el poder de los carteles vecinos.
Los funerales de nuestros ídolos nos veían concurrir a cientos. El sacerdote, por lo general, hincha de los colores que defendía el héroe caído, recordaba los momentos memorables y atinaba a cerrar la ceremonia con algún cantico solemne y representativo. El estadio nos esperaría el próximo domingo con un motivo adicional, las ansias de obtener tres puntos para enviarlos al cielo.
Y como dice la canción “nada es eterno en el mundo” y al futbol le llegó su hora. Las inversiones cesaron, aquellos capos a los que no mataron los extraditaron y quedaron al mando de la plata los que saben que no pueden dar visaje y se la guardan para ellos y nos abandonaron.
Nos abandonaron.
Los mediocres jugadores mantuvieron sus extraordinarios honorarios, sin comprender que somos nosotros los únicos por quienes su estabilidad ahora es posible, no comprenden que aún está en nosotros esa entrega rabiosa, que aún los mismos cánticos son entonados, que nuestro sudor continúa bañando las gradas mientras sus piques se trasforman en un trote quedo.
Las prolijas estrategias se convirtieron en una somnífera espera y dejamos de lado los múltiplos de tres para hacer cuentas de niño genio al final de cada temporada. 
No entienden aún que están sometidos a nuestros deseos y no importa si su sueldo excede por mucho al de cualquiera de nosotros. Lo damos todo por un segundo en el que con una gambeta sea ridiculizado el contrario o lo damos por los 8, 10 o 12 latidos de corazón que se suceden antes de un gol y por el suspiro de júbilo que lo celebra. Ni directivos, ni técnicos, ni jugadores aún lo entienden. Y yo, ya estoy cansado.

Carlos Andrés Salazar Martínez

05 octubre 2011

Steve Jobs: ¿Innovador?



Nunca creí que el texto, producto de tantas vueltas que he dado acerca del qué se puede decir de nuevo acerca de una persona como Steve Jobs, sería póstumo. No han pasado más de seis horas desde que la empresa que fundó, en compañía de Stephen Wozniak, anunció su muerte y estoy seguro, ahora, más que nunca, que no habrá nada nuevo que decir acerca de él. Mañana hasta el más humilde dueño de un iPod sabrá quién fue el encargado de hacer de la tecnología una extensión de nuestro cuerpo.
Gestor de algunos de los objetos que son ya habituales para nosotros como el computador personal o el mouse, Jobs pareció haber asimilado de manera especial las recomendaciones hechas por Baudrillard en libros como De la seducción o el Sistema de los objetos. Podría atreverse uno a pensar que más allá de cualquier otro texto, eran estos sus libros de cabecera. Al leerlos, ideas como que la integración definitiva de los objetos debería ser con el hombre o que la seducción es más fuerte que el poder, me hacían recordar que tan equivocados están todos aquellos que pretenden, con sus anticuadas teorías administrativas, ser Steve Jobs.
Mientras aquellos que pretenden emularlo se desgastan creyendo que la innovación es forzar, hacia la eficiencia y las ganancias, la evolución de la tecnología, Jobs supo hacerlo con una naturalidad difícil de alcanzar. Pero no sólo eso, dentro de sus muchos logros está el haber rescatado de la quiebra una empresa como Apple. Una empresa a la que regresó luego de maravillarnos con películas que cambiaron nuestra forma de ver el cine animado. Pero, como ya se los dije, mañana muy seguramente todo esto lo verá cualquier transeúnte desprevenido en su iPhone.
Y bueno, a decir verdad, sí hay algo nuevo que puede saberse mañana, a parte del nuevo valor de la acción de la compañía de la manzana… Mañana comprobaremos de qué magnitud puede llegar a ser la resonancia de un sólo hombre en el mundo moderno.
Seguramente el que pase sus dedos por la pantalla de su iPad a partir de hoy entenderá lo que está haciendo.

Carlos Andrés Salazar Martínez

09 septiembre 2011

Y para saberse lindo: la neurología cosmética


Han sido necesarias todas las vueltas y justificaciones que ha dado por años la neurobiología, para hablar ahora de un tema que más que fascinante será controversial. La ‘neurología cosmética’ (término acuñado en 2004 por el científico indio Anjan Chatterjee) se erige hoy como respuesta a una de esas grandes cuestiones que parecen estar por ser resueltas. Teniendo claro que la belleza exterior se encuentra al alcance del más feo o, para decirlo como corresponde, el más asimétrico de los seres anormales, podemos hablar ahora de que algún día será más que probable hacer inteligente al menos capaz. Sin embargo, debe tenerse en claro que en el caso del ‘maquillaje neurológico’ no se puede estar, por el momento, al otro lado del espectro.
No es que sea tampoco nada nuevo, de la misma forma que antes era posible adornarse hasta el extremo o ceñirse una faja hasta el umbral de lo posible, también lo era recurrir a plantas, hongos o sustancias químicas que permitieran, no ser inteligentes, pero sí, por lo menos, una explosión de los sentidos o la imaginación. Lo que ha cambiado sin duda alguna son los procedimientos y su efectividad. Aunque la cirugía estética va unos pasos adelante lo que se tiene por el momento en el orden de lo neuronal es el inicio de algo que promete ser mucho mayor y, por tanto, la puesta en escena de una nueva encrucijada.
Hace poco la película Sin límites de Neil Burger (basada en la novela The dark fields de Alan Glynn, publicada en 2001) da una mirada a las posibles consecuencias que traería el consumir una droga que es capaz de potencializar las capacidades cognitivas de una persona. Vale la pena aclarar, en todo caso, que no todas las consecuencias tienen porque ser malas. La reflexión que se plantea es interesante y lo es aún más si se contrasta con un texto publicado en The New Yorker en 2009. En su artículo Brain Gain, Margaret Talbot enseña los resultados de una investigación que realizó en algunos de los campus universitarios más prestigiosos de los Estados Unidos y muestra hasta donde se atreven a llegar los estudiantes por responder con todas sus obligaciones y competir por las mejores notas.
Una de las alternativas señaladas por Margaret Talbot, es la que han encontrado los jóvenes universitarios en drogas como el Adderall, la Ritalina o el Piracetam; drogas que son utilizadas sin prescripción médica y que tienen un alto valor en el mercado negro. En personas normales el efecto de estás drogas es, más que hacerlos inteligentes, permitirles permanecer concentrados en sus trabajos por días o semanas completas. Ese estado de concentración absoluto hace que, por supuesto, su memoria funcione mucho mejor y relacionen ideas o conceptos a los que antes parecían no tener acceso.
Drogas como el Adderall han demostrado ser causantes de desequilibrios nerviosos, fuertes dolores de cabeza, insomnio y pérdida del apetito. Sin embargo, qué pasaría si los científicos lograrán desarrollar alguna droga, cuyos efectos secundarios no sean tan dramáticos y realmente nos hagan más inteligentes. Cómo podría ser pensado el uso de este tipo de drogas. Está, podría decirse, es la otra cara de la moneda, en el sentido de que mientras creíamos que se iban a extender por el mundo sustancias para enajenarnos, tal y como lo presagió Aldous Huxley en Un mundo feliz, hemos encontrado otras que nos permitirán encontrar los argumentos para no permitirlo.
Es probable que el consumo de las llamadas ‘smart drugs’ esté por alcanzarnos, incluso mucho más cerca de lo que nos han tocado desarrollos científicos alrededor del dopaje deportivo, por ejemplo. De ser así, esos avances necesitarán del establecimiento de nuevas normas de conducta… Aunque, a decir verdad, nadie ha visto jamás con malos ojos el tomarse un café en la mañana para procurar mantenerse activo.
Carlos Andrés Salazar Martínez
Imagen: The New Yorker (http://www.newyorker.com/reporting/2009/04/27/090427fa_fact_talbot?mbid=social_retweet)